Hace unos días ha salido un artículo pequeñín sobre el que escribe en La Voz de Cádiz. Quitando un par de fallitos y que salgo muy serio en la foto, a lo mejor a alguien le interesaba la nota biográfica.
La reseña no aporta nada a lo que suelo escribir aquí (escribo por un lado sandeces que se me pasan por la cabeza o se me cruzan por el lector del RSS o bien comentarios de mi vida personal demasiado específicos para dar una visión mas o menos objetiva y alejada de como es me va por estos lares), pero si es interesante ver un enfoque en el contenido de mi vida en lugar de en el cambio, que es lo que suele interesarme. Lo curioso es que (oh, poder de los medios en papel los fines de semana!), no conozco a casi nadie en mi ciudad natal que no haya visto el artículo o la foto, lo cual ha desembocado en llamadas y avisos por la calle (las ciudades pequeñas tienen eso) a mi familia seguidas de peticiones de la dirección del blog, los que no sabían de su existencia y sabían por su parte del significado de la palabra. Afortunadamente parece que mi familia aún no sabe del todo bien que son esos “artículos técnicos que escribo en el Interné” y me dejan este espacio tranquilo de intimidad sin tener que preocuparme de que pensaran cuando me pongo a comentar que antes de conocer a mi novia tuve una amante japonesa a la que le gustaba que le golpeara con una bolsa de agua caliente en la cara o que me da por ponerme hasta las cejas de THC y verme la serie Qatsi película tras película.
Lo curioso no es el que se haya notado sino el como se ha notado. Cádiz es una capital pequeñita, de apenas poco más de 120 mil personas que llegaban a casi 180.000 cuando iba al colegio y estudiaba sociales (si la memoria no me falla). La pérdida de población (la más alta de España según el mismo medio) se debe a que desde hace un par de décadas lidera las posiciones mas altas de desempleo de Europa (de EU-RO-PA, ojo, incluyendo Polonia, Portugal, etc), lo cual ha hecho que mucha gente de mi generación (generación arriba, generación abajo) se haya dedicado a buscarse la vida en diferentes partes del país y del globo. Muchos de los que se quedan suelen verse en un proceso que no se bien si definir de reafirmación de la identidad o de disonancia cognitiva (el proceso que nos hace creer que no es ta tan mal lo que acabamos de comprar cuando descubrimos que es una puta mierda) que les hace repetir que su cuidad es la mejor del mundo (en parámetros que no son capaces de definir) sino que hostigan a cualquier gaditano que viva fuera para comentarles, en reafirmación de sus creencias, lo mal que se vive en otros países, lo mucho que se echa de menos el jamón y como caen las lágrimas cara abajo cuando llega carnaval o sale el cristo nazareno de su iglesia (todo el mundo, he comprobado, tiene un conocido que ha ido a Nueva York y les ha contado que allí solo hay negritos muertos de hambre junto a los cubos de basura). Varios de mis excompañeros de estudios justifican una vida profesional miserable comentando que al menos “no viven en la otra parte del mundo”, como si eso no dejara de ser una cosa positivísima capaz de cambiarte la vida.
No me piensen mal, salí de Cádiz por primera vez a vivir en otro país apenas entrado en la década de los 20 y me pasé el viaje de ida muerto de miedo. Hasta el momento había pensado que era una suerte de maleficio y regalo al mismo tiempo el nacer donde había nacido porque por un lado vivía en la ciudad más hermosa del mundo y blablabla y por el otro nunca sería capaz de sentirme de igual modo en otra ciudad, fuera la que fuera. Asi que en cierto modo les entiendo y les respeto. Lo que más me ha cambiado en la vida ha sido el alejarme lo más posible del sitio donde nací y conocer otras formas de vida, comidas, formas de relacionarse y formas de entender la realidad (es por ello que persigo la idea de que mi novia viva, en algun momento próximo, lejos de EE.UU. como le comentaba de esta necesidad de que Justine cambie su perspectiva a una íntima amiga americana que vive en Madrid -la cual sé que me entiende-) y entiendo por un lado los que se han quedado y se reafirman en lo bueno que tiene la ciudad (que es mucho) y por el otro los que han emigrado y han vuelto, por diversos motivos. Salí porque me dí cuenta que el peor escenario es llegar a viejo sabiendo que había malgastado mi vida en los mismos lugares con la misma gente, porque no (como dicen los Venecianos) había vivido varias vidas. Siempre voy a querer volver, no hay nadie en dos kilómetros (sea en el país que sea) que no sepa de donde soy y voy a tenersiempre el campamento base en la ciudad, no tanto por el continente como por el contenido (personas y recuerdos). Cuando suelo ir, lo cual es bastante a menudo, suelo encontrarme en casa y repetir los itinerarios que inconscientemente he marcado a lo largo de mi vida, juego mucho con mi acento cuando estoy en Madrid y me encanta exhibir mis raices y mi cultura (si no a cuenta de que el título del blog) Pero la vida es suficientemente corta como para cambiar cierto tipo de experiencias por aferrarse a un trozo de tierra que nunca estará a más de unas pocas horas de avión. Los que se van (nos vamos) tejen un mosaico de culturas en su regreso al regresar en fechas claves. Muchos de mis amigos cuentan en su itinerario tres o cuatro países y otros tantos idiomas que hablan con sus parejas y crios al reunirse en los bares a contarse la vida en las pocas ocasiones en que podemos reencontrarnos.
Parte de los que leyeron el artículo me entienden perfectamente y consideran que debería hablarse más de una realidad que esta lejos del imaginario colectivo de la ciudad y parte (los que se estan) me recriminan el no haber nombrado a lo largo de la entrevista esos símbolos del pequeño nacionalismo que hemos creado (con sus colores, su bandera y su himno), de “no ser suficientemente gaditano”, como si suficientemente gaditano no significara, a estas alturas, haber hecho las maletas y vivir en la otra punta del Planeta.
La Voz: Del centro de Cádiz… (gracias Alejandro)